Mover servicios entre servidores parece fácil hasta que aparecen volúmenes, DNS, bases de datos, rutas antiguas y dependencias invisibles. Esta es la forma tranquila en la que intento hacerlo en casa.
Hay una fase bastante común en cualquier homelab. Empiezas con un mini PC, un NAS viejo o una Raspberry Pi. Todo parece razonable. Luego añades otro nodo porque quieres probar Proxmox. Después cae un switch mejor, un SAI, un par de SSDs, quizá un servidor más gordo para almacenamiento o IA local. Un día miras el rack, escuchas el zumbido de fondo y te haces la pregunta incómoda: cuánto cuesta tener todo esto encendido todo el día.
Cada pocos meses veo la misma idea repetida en Reddit, YouTube y foros de homelab. Si quieres un servidor de verdad, necesitas Proxmox, Linux, una caja con más bahías que sentido común y, si puede ser, un mini PC chino con cuatro puertos 2.5GbE para sentir que estás en control de tu vida. Me gustan esos cacharros, de hecho tengo varios. Pero hay una verdad menos vistosa: el equipo que más trabajo real me saca adelante sigue siendo un Mac mini M1.