No hay una herramienta ganadora para todo. En casa uso una según quién necesita entrar, desde dónde entra y qué pasaría si esa puerta queda demasiado abierta.
Muchas averías del homelab no empiezan en Proxmox, Docker ni el NAS. Empiezan en un móvil agarrado a un punto de acceso lejano, un backhaul débil o una zona de casa donde el WiFi llega con mala leche.
Wake-on-LAN funciona bien dentro de la misma red. Los problemas aparecen al usarlo desde fuera de casa, cruzar VLANs o integrarlo en una automatización.
Tailscale puede resolver el acceso remoto de casa sin abrir puertos, pero meter a la familia dentro de tu red privada exige menos épica y más criterio.
IPv6 no es magia ni enemigo público. En un homelab doméstico puede simplificar algunas cosas, pero también rompe suposiciones muy cómodas del mundo IPv4. Conviene activarlo con intención.
Una red doméstica con homelab no tiene que parecer la de una oficina. Tiene que proteger lo importante, dejar respirar a la familia y permitir cacharrear sin que una bombilla o una prueba de laboratorio tire abajo medio día.
Un subnet router de Tailscale es comodísimo para entrar a la red de casa desde fuera, pero también puede tapar diseños de red flojos. Bien usado simplifica mucho. Mal usado deja una caja negra preciosa.
Separar invitados e IoT tiene sentido, pero una red doméstica demasiado lista puede acabar siendo peor que una red simple. Esta es mi forma de plantearlo sin romper impresoras, móviles, domótica ni paciencia.
El DNS interno no falla de forma espectacular. Falla como una gotera: un móvil no resuelve, una VPN ve otra cosa, un servicio funciona solo desde casa. Este es el diseño que prefiero para evitarlo.
Un homelab cambia cuando deja de ser solo tu juguete. Si hay familia usando la red, las fotos, la domótica o las contraseñas, hay que separar el laboratorio de lo que tiene que funcionar siempre.
Una red de homelab tiene que proteger la casa sin complicarle la vida a la casa. Esta es la separación que sí haría y la que me parece postureo peligroso.