Hay una clase de problemas en Proxmox que no empieza con un error rojo. Empieza con una decisión pequeña tomada demasiado rápido. Subir RAM a una VM sin mirar cómo está definida. Reiniciar un nodo pensando que no vive nada importante ahí. Mover un disco entre storages sin comprobar snapshots, bus, guest agent o espacio real. Entrar en un LXC como si fuera una VM pequeña y olvidar que comparte más de lo que parece con el host.
Hay una discusión que aparece cada poco en cualquier grupo de Proxmox. LXC o VM. Como si hubiera que casarse con una sola cosa y defenderla hasta el final de los tiempos. Yo hace tiempo que me bajé de esa pelea porque en la práctica no me sirve para nada. En mi homelab uso las dos. Y cuanto más tiempo llevo con Proxmox, más claro tengo que la decisión buena no sale de una religión técnica. Sale de saber qué servicio tienes delante y cuánto castigo te puede devolver si eliges mal.
Una de las ideas más engañosas cuando montas un cluster de Proxmox en casa es pensar que repartir cargas significa dejar todos los nodos parecidos. Mismo número de máquinas, memoria parecida, CPU más o menos compensada y una satisfacción estética bastante sospechosa cuando miras la interfaz. Yo he pasado por ahí y no lo recomiendo demasiado.
Con el tiempo he acabado prefiriendo otra cosa. Menos simetría bonita y más intención. Un nodo puede ser el más fuerte y cargar con lo pesado. Otro puede quedarse con servicios persistentes pero tranquilos. Otro puede ser el comodín para mantenimiento, failover o experimentos. Eso, en la práctica, me ha dado un cluster mucho más cómodo que intentar jugar a la igualdad perfecta.