Hay un punto en todo homelab un poco serio en el que un solo servidor deja de tener gracia. No porque no sirva, sino porque se convierte en un cuello de botella para todo. Mantenimiento, pruebas, reinicios, cambios de disco, errores tontos, ganas de experimentar. De repente cualquier cosa toca demasiado. Ahí es donde un cluster de Proxmox empieza a tener sentido.
Yo llevo tiempo con un cluster pequeño de tres nodos y la experiencia me ha convencido de algo bastante concreto. Para casa, tres mini PCs bien elegidos me parecen una de las mejores formas de entrar en clustering de verdad sin irte al absurdo del rack enterprise ni al caos de reciclar hardware que nunca quiso trabajar junto.
Ceph tiene muy buena prensa en el mundo homelab. Es normal. Sobre el papel suena brillante. Almacenamiento distribuido, replicación, tolerancia a fallos, integración muy seria con Proxmox y la sensación de que estás montando algo que se parece a un entorno de verdad. El problema es que, cuando bajas del PowerPoint al salón de casa, Ceph también te recuerda muy rápido que no le importan tus ilusiones.
Yo no lo digo desde fuera. Lo tengo corriendo en un cluster pequeño de Proxmox y me gusta. De hecho, me sigue pareciendo una de las piezas más potentes que puedes montar en casa si sabes muy bien por qué la estás montando. Pero también creo que muchísima gente lo recomienda demasiado pronto, como si fuera el siguiente paso natural después de instalar tres nodos y aprender a pronunciar “quorum” sin pestañear.